top of page
Buscar

Bitácora de taller: saliendo del bloqueo mental.

  • Foto del escritor: Noelia Villacorta
    Noelia Villacorta
  • 8 may
  • 4 min de lectura

Actualizado: 8 may

No tengo nada inteligente que decir sobre este tema. Literalmente soy yo tratando de pasar por esto. Si te desarrollás en algún área del arte o en algo que requiera creatividad, quizás estas líneas te resuenen.

Les voy a contar algo: hace semanas repito una coreografía.
Me paro frente al lienzo. Quiero pintar. Es tan simple como extender el brazo y manchar, pero algo me duele. Y no sé cómo curar, calmar o evadir eso.

Esta es mi confesión, y quizás también te pase: tengo miedo.

Miedo a que mis ideas sean estúpidas o poco relevantes. A no crear una obra de arte digna —¿digna de qué?—, a no encajar en cierta imagen hegemónica de artista cool.
Después de alcanzar algunas metas, se activó en mí un mecanismo autodestructivo. Llegué a pensar que nunca volvería a tener una idea que me conquistara —hello, síndrome del impostor—, como si CARNE hubiera sido producto de una versión mía a la que ya no puedo acceder y no el resultado de años trabajando sobre mi propio cuerpo de obra.
De insistir. De buscar. Como si nada de eso importara.

Pensamientos intrusivos, inseguridad. De repente, un espectador fantasma súper exigente había entrado al taller, y con la peor de las ondas.
Después de desperdiciar valiosas sesiones revisando mis propios pensamientos, reconocí que estaba frente a un espejismo de mi psiquis y empecé a preguntarme cuáles eran mis certezas. O sea: ¿en qué sé que soy buena? ¿En qué puedo confiar cuando todo parece desplomarse?
Y la respuesta fue mi capacidad de trabajo. Si algo me enseñó pintar obras de gran formato durante meses es a sostener una rutina.

Entonces decidí que no estar en un estado de creatividad pura no es un impedimento para producir y, sobre todo, para mejorar.
No voy a darme permiso de parar. En lugar de eso, les comparto algunos intentos por salir a flote. Algunos funcionaron mejor que otros, pero todos nacen de un ejercicio diario y fueron puestos en práctica.

Menos redes

La sobreoferta de estímulos puede jugar en contra durante un proceso creativo. Lo que hice fue depurar. Bajé el ritmo de mi tiempo en redes y pantallas. También decidí que en este momento no quiero mostrar contenido sobre el día a día en el taller. Me da un cringe que no puedo explicar y no quiero contaminar mi obra con eso.

Entendí que, por ahora, el proceso es solo mío. Y eso está bien.

La consigna es la consigna


Inventar actividades me pareció una buena forma de mantener las manos activas. Me propuse un ejercicio simple: pintar retratos de maestros del arte argentino solo para que me acompañen en el taller, sin otra pretensión más que esa y mejorar mi pintura.

La consigna que elegí representa un desafío técnico para mí, y eso es justamente lo que la vuelve interesante. Hay algo motivador en tener, aunque sea, una pequeña meta que alcanzar.

Al final, esto también se trata de incrementar mi banco de recursos para resolver la obra que todavía no llegó.

Restringir para decidir


Después de años pintando tonos que encuentro en la naturaleza, obsesionándome con la búsqueda del color, trabajar con una paleta reducida para concentrarme en las formas resultó ser un ejercicio de creatividad. Me obligó a pensar otras maneras en las que el color comunica.

El mejor amigo de un artista es otro artista


Los días en los que no quiero batallar contra nada, cuando siento que no tengo nada que demostrar ni razones para insistir en sostener mi tarea cultural, miro a mis colegas produciendo, posteando, creando pequeños o grandes eventos, y su fuerza se vuelve mi fuerza.

Es urgente tener a alguien que nos devuelva una imagen más amable de nosotrxs mismos, sobre todo si son personas que admirás profundamente por lo que hacen.

Es fundamental construir redes de contención y hablar de lo que nos pasa con otros creadores.

A veces las ideas hablan en un lenguaje que todavía no entendemos


Me sorprendí buscando lejos de mi comodidad. Sentí ganas de sacar canciones con la guitarra, cantar, empecé un curso de fotografía, traté de aprender una receta de cocina . El punto era preguntarme: ¿qué sería de mí si no fuera pintora? ¿Cómo diría lo que quiero decir?

Me propuse buscar en otras ramas del arte formas de darle un nuevo cuerpo a mi obra. Y entonces pasó algo: la idea finalmente apareció. Pero ese no es el tema de este blog.

Mientras buscaba algo que despertara una chispa en mi interior, descubrí artistas que llevaron su investigación acerca del mundo más allá. Gente que se atrevió a vivir, que tomó riesgos.
Sophie Calle persigue a un desconocido por Venecia en Suite Vénitienne (1980); Nicola Costantino se sometió a una liposucción y utilizó la grasa extraída para fabricar jabones en Savon de Corps (2004); Alberto Greco señala cosas.
Los límites son difusos y, lejos de asustarme, eso empezó a abrirme preguntas.

¿Qué haría si tuviera el valor?
Y si todavía no lo tengo, ¿qué puedo hacer hoy para acercarme, aunque sea un poco, a eso?

Sophie Calle, Suite Vénitienne.
Sophie Calle, Suite Vénitienne.

 
 
 

Comentarios


bottom of page